“Con sus muñecas por pluma”, por Noelia Jiménez

Cultoro.com ha querido celebrar el Día del Libro con este artículo sobre Paseíllo literario, el gran homenaje colectivo del toreo a la literatura:

Hay muletas que son como una pluma Montblanc para el toreo. Naturales en los que se mece toda la historia que cabe en Cien años de soledad. Héroes de carne y hueso que pasarían por personajes de ficción si no fuera porque en cada capítulo de su gesta se juegan, más que los muslos, la vida. Porque sangran y mueren de verdad. Y porque quien los ve triunfar se emociona con la verdad de la más cierta de las historias: la vida cara a cara con la muerte.

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Nada como la majestad de El Viti para poner rostro a un templo de la cultura como la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca. En él, sabio y honorable, tranquilo y cabal, señor, cobra vida la pluma de Cervantes cuando recomienda fijarse en los originales, que dan “ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes” (Don Quijote de la Mancha).

Arte en las manos del arte. Del niño sabio que peina canas sentado con torería en el Instituto Cervantes. De ese Paco Camino “que hace camino al andar” y que “al volver la vista atrás” ve la herencia de un magisterio inconfundible, en el ruedo y en la vida, al que bien podría haber cantado Machado (Proverbios y cantares).

Romántico, torero de otoños, de duendes en sombras iluminados por los rayos certeros de un clasicismo que en toda ocasión termina brillando, de ese eterno retorno que siempre le impidió decir “nunca”, Curro Vázquez es en la Librería Rodríguez la versión torera de las líneas de Goethe: “Nuestras pasiones son verdaderos fénix. En cuanto se quema la antigua de sus cenizas sale en seguida la nueva” (Las afinidades electivas).

Se meció entre los pitones de la guadaña mil y una veces, pero César Rincón nació para salir a hombros de la vida, porque “el cuerpo es una máquina de vivir y resulta inútil advertirle continuamente que la muerte no importa”. Y allí, acodado en la biblioteca de la Casa de América, el colombiano hace de Mortal y rosa, una de las obras clave de Francisco Umbral, una gran lección de vida.

JuanMora-1Bohemio y con regusto antiguo, Juan Mora pasea por la Cuesta de Moyano como si anduviera por el jardín de su casa. Busca entre los ejemplares de la librería María del Pilar Méndez Nieto en busca del Juan Belmonte de Chaves Nogales, quizá pensando en una frase que bien podría referirse a aquella tarde otoño en que la puerta grande de Las Ventas hizo que mereciese la pena una vida entera de ostracismo: “Dicen que fue aquélla la mejor faena que he hecho en mi vida. Quizá. Yo sé únicamente que en aquel trance en que mi abandono me había puesto, hice lo que de modo inexcusable había que hacer para seguir siendo torero. Por eso seguí siéndolo”.

La historia de Joselito es la versión española contemporánea de esas familias que hoy llamamos desestructuradas y que Víctor Hugo retrató en Los miserables con tanta crudeza como sensibilidad. Una historia de triunfo de la voluntad y de hombre auténtico, que ahora recuerda en su sofá cómo “prefería no comer a pedir prestado […]. En todas sus pruebas se sentía animado, y aun algunas veces impulsado por una fuerza secreta que tenía dentro de sí”.

Cómo le entenderá Castella, un hombre que habla lo justo porque sabe que las palabras vuelan y lo suyo es tener los pies firmes sobre el albero. Un francés que nació en Sevilla. O quizá en Colombia, porque “los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran: la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez” (Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba). Un señor con voz de niño que lleva dentro lecciones que ninguno de los libros antiguos de García Prieto podrán enseñarnos nunca.

El Fundi ha tenido que decir que se iba para que empezasen a aplaudirle. Su valor, su técnica, su verdad. “Su manera de lidiar, sin trucos, [que] se basaba en advertir el peligro y dominarlo adaptándose a la rapidez o lentitud del toro, y en el modo como dominaba al animal por medio de las muñecas, que a su vez dirigía con los músculos, los nervios, los reflejos, los ojos, sus conocimientos, su instinto o su valor”. Como si estas líneas de El verano peligroso las hubiera escrito Hemingway solamente para este fuenlabreño que, como La Fugitiva, ha ido por libre, porque venderse sale siempre caro.

Ni el escritor puede vivir sin escribir ni el torero sin torear. Porque existe “una predisposición de oscuro origen, que lleva a ciertas mujeres y hombres a dedicar sus vidas a una actividad para la que, un día, se sienten llamados, obligados casi a ejercerla, porque intuyen que sólo ejercitando esa vocación […] se sentirán realizados” (Cartas a un joven novelista), como Enrique Ponce frente al toro o Vargas Llosa frente a la página en blanco. Un tándem académico que se yergue con prestancia en la biblioteca de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El Juli manda pese a quien pese. Domina desde lo alto, del toreo y del Senado, con una terca ingravidez que desafía sus toneladas de magisterio y a quienes quieren cortarle los pies y también las alas. Y aun así, sigue mandando, consciente de que “un enemigo no es cualquier cosa sino algo más: un signo de importancia. Te das cuenta de que existes cuando empiezas a tener enemigos. Hasta ese momento no eres nadie” (Carmen Rigalt, “Enemigos para siempre”, Todas somos princesas).

Los más valientes no son quienes nunca tienen miedo. Porque ser intrépido es en verdad sobreponerse a ese “algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia” (Guy de Maupassant, El miedo). Es mirarse un parche en el espejo sabiendo que en el hueco del ojo está una segunda vida de regalo. Es llamarse Juan José Padilla –un auténtico lord de Jerez en el callejón de San Ginés- y desafiar al tiempo porque te niegas a aceptar que haya llegado tu hora.

uceda_escalagrisesPionera y valiente, Cristina Sánchez tiene mucho de Jane Austen: “Hay una especie de terquedad en mí, que nunca me permite que me intimide nadie. Por el contrario, mi valor crece cuando alguien intenta intimidarme” (Orgullo y prejuicio). Y así, aunque muestre dulzura y cierta delicadeza mientras ojea las mesas de la librería Antonio Machado, sigue siendo Cristina esa mujer que desafía las convenciones y rechaza toda etiqueta.

Es el junco elegante que siempre está llegando. El reposo frente a la incertidumbre. La madurez como medicina. Uceda Leal desafía la geometría de la Biblioteca Carriquiri como tantas veces le ha desafiado a él la vida, consciente de que “en lo inédito está lo cierto, igual que en lo inexacto hay una lágrima precisa, una raíz apuñalada, una trémula embriaguez antes de que alguien la pronuncie” (Antonio Lucas, “Al fondo de la altura”, Los mundos contrarios).

El Cid es voluntad. Es mérito y lucha. Es conseguirlo todo a base de esfuerzo. Abrir el corazón de piedra de esa Maestranza donde hoy se sienta para prendérselo en el corbatín y no olvidar la conquista, ansioso de repetirla. Es esa “flor intencionada [que] encierra más fuerza persuasiva que un filón de oro”, porque “la asiduidad y la constancia terminan por mellar el hierro”. Palabra de Delibes (El camino).

No es, por suerte, la vida de Perera de un halo infausto y desgarrado como la poesía de Rilke, pero sí parece haberse escrito para él aquello de “busque la hondura de las cosas; allí no desciende nunca la ironía; y al dirigirse así al borde de lo grande, examine, a la vez, si esa manera de ver corresponde a una necesidad de su naturaleza” (Cartas a un joven poeta). Porque así, en medio de los miles de libros de arte que esperan a ser cogidos en la biblioteca del Museo Reina Sofía, crece también la dimensión de su hondura, seria y directa, sin sarcasmo posible.

Con un aire neoyorquino, de hombre viajado y leído –que lo es-, Diego Silveti brinda en Tipos Infames con vino en una mano y Carlos Fuentes en la otra, asintiendo hasta hacer suyas las palabras de su compatriota: “Adentro, adentro de mí toda la lucha. […] Adentro de mí la búsqueda de lo absoluto, el fracaso de lo parcial” (Cambio de piel).

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Miguel Abellán convierte su figura de torero en personaje de película en la librería Ocho y Medio y, eternamente pícaro, revive la leyenda de Lazarillo de Tormes, aquel al que “cumple avivar el ojo y avisar, pues solo estoy, y pensar cómo me sepa valer”.

Diego Urdiales desafía el peso de la historia de la Biblioteca Monástica de San Millán de la Cogolla como desafía a la fortuna esquiva, consciente de que hay que seguir intentándolo porque acechan los obstáculos, sí, “mas no por eso hemos de trabajar menos por llegar a la perfección […] Los que se esfuercen para llegar a lo sumo se remontarán mucho más que aquellos que, desesperanzados de llegar donde pretenden, no se levantan un palmo sobre la tierra” (Quintiliano, Instituciones oratorias).

Y allí donde todos sueñan con hacer historia, sobre la arena venteña, sigue viviendo Antoñete. Lo imaginamos leyendo en un sillón orejero, con su inseparable cigarrillo, recordando quizá que “sentir el toreo es […] que te entren ganas de llorar en medio de una tanda de naturales, y que te dé igual que un toro te pase por encima o te meta un viaje así y te parta por la mitad, y…” (Germán San Nicasio, Verde pañuelo).

Nunca antes un torero había rendido homenaje a la literatura más allá de un brindis o devociones personales. Con motivo del 300º aniversario de la Biblioteca Nacional de España, lo hicieron todos los que hasta aquí figuran, además de Alejandro Talavante, el único artista del ruedo que se ha fotografiado en este templo de cultura por Javier Arroyo para la exposición Paseíllo literario. Un samurái versión 2.0 de aquellos soldados que, “en una situación desesperada, pierden el sentido del miedo”. Porque “hasta que la misma muerte llegue, no hay calamidad que deba ser temida” (Sun Tzu, El arte de la guerra).

Ninguno la teme. Es más: todos desafían el tiempo y el espacio jugando con la muerte. Y con sus muñecas por pluma y el toro por folio en blanco firman la más auténtica obra que pueda existir: la del mano a mano entre la vida y la muerte. Y aquí el fin no es una página.

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